Relato corto que será publicado en un blog amigo, voy a ser una de las escritoras invitadas. Pero tengo que subirlo aquí primero,no puedo contenerme.

                                   Teresa

 

 

Tenía los ojos cerrados, pero no dormía. No los podía abrir, los párpados le pesaban como dos cortinas de hierro. Yacía inmóvil, y tenía frío. No sabía dónde estaba. Trató de levantarse, pero sus extremidades no respondían, era tan frustrante como tratar de mover un lápiz con la mente. Se concentró para adivinar dónde se encontraba tendida, ¿una lámina de metal tal vez? Se sentía como eso bajo sus palmas heladas, pero no estaba segura, y no tenía ninguna lógica. Hizo memoria, lo último que recordaba era haberse ido a dormir, haber cerrado los ojos y ahora despertado sin poder abrirlos en un lugar que no era su cama. Había un olor dulzón en el aire, como a alcohol y algo más que no pudo identificar; se escuchaba una gotera, como de algo que se descongelaba a temperatura ambiente.

Habría pasado una media hora, y Teresa seguía luchando por mover aunque sea un dedo, tratando de articular algún sonido, pero nada. Puso atención, aguzó el oído para hacerse alguna idea de lo que pasaba a su alrededor, pero estaba tan callado como un ascensor lleno de extraños. Escuchó el débil latido de su corazón, pausado y en cámara lenta; siguió el ritmo de su respiración, y notó cómo a penas se llenaban los pulmones, como si estuvieran levemente anestesiados. El frío se hacía cada vez más insoportable, y no podía tiritar.

Escuchó unos pasos acercándose, haciendo eco como si caminaran por un pasillo angosto y alto; pararon, y escuchó las risas de dos hombres. Uno le dijo al otro: ... de todas formas nadie la va a  abrir para asegurarse- y rieron de nuevo; el otro respondió- mientras paguen, a mí me da lo mismo- y rieron nuevamente, alejándose. Teresa trató de pedir auxilio, pero nada salía de sus cuerdas paralizadas.

Perdió la noción del tiempo, se concentró nuevamente en el débil latido de su corazón, tenía la sensación de que si dejaba de pensar en él, se detendría definitivamente. Sintió pasos acercándose por el pasillo nuevamente, esta vez entraron a la estancia donde se encontraba. Nadie dijo palabra; sintió dos pares de manos tibias y blandas levantando su cuerpo. La posaron sobre una superficie esponjosa y suave, su mente estaba confusa, no hilaba, concentraba todas sus fuerzas en articular algún sonido, en moverse. Sintió algo cerrarse sobre ella, como una tapa pesada. La movieron, se mecía y ella seguía pensando en moverse y gritar ¡aquí estoy!. La bajaron, y sintió el sonido de un motor, mismo sonido que la arrulló y la hizo quedarse dormida contra su voluntad.

Despertó con un sonido parecido a la lluvia; escuchó una voz átona que de decía: en el nombre del padre y del hijo, y del espíritu santo. Y entonces lo supo, la estaban enterrando viva; sintió cómo la adrenalina corría por sus venas, trató con furia de moverse, de gritar, mientras sentía que la capa de tierra que la cubría se hacía tan espesa que a penas podía oír las voces y sollozos como murmullos. Finalmente pudo emitir un quejido, pudo moverse y empezó a golpear y gritar con desesperación, pero con una frustrante poca fuerza.

  • - Creí escuchar a Teresa- dijo arriba el novio de ella, mirando hacia la tumba.
  • - Esas cosas pasan- le dijo su mejor amiga mirándolo y apoyándose en su brazo; luego miró a la tumba fresca con una sonrisa torcida y mirada fría- créeme que Teresa está bien muerta.